Slavoj Zizek

El autor ha copado muchas horas de lectura de la última década. Cuando hablo de él los oyentes no siempre se hacen una idea de la posición mantenida. He utilizado sus escritos para hablar de violencia (en relación con Walter Benjamin, en Sobre la violencia), para hablar del capitalismo, también de Gilles Lipovetsky, (en Problemas en el paraíso), para encontrar la fenomenología de nuevo (como podría verse en Aconteciminto) y como una vuelta a Hegel (por más que le pese a Mario Bunge) (en Menos que nada).

Ahora tengo entre manos El coraje de la desesperanza. Ahí he encontrado los deseos de finitud que atormentan ya mis días. Relego afiliarme, encontrar sentido en lo que se hace aquí y allá, defender una postura o explicarla; sencillamente quiero, tan solo, que no me incluyan, que no me pregunten, que me dejen vagar.

Observo el devenir como una pseudolucha. A partir de los 55 años, en una contexto de cero creatividad, se acabó la vida para la mejora.

La lucha –por supuesto, también pseudo– consiste ahora, sencillamente, en procurar que no cuenten con uno en esta vida, de ahora, que llaman “para la mejora”.

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Daniel Barenboin

Daniel Barenboin, “Por qué hoy me avergüenzo de ser israelí”, EL PAÍS, 24/07/2018, https://elpais.com/elpais/2018/07/23/opinion/1532361442_865305.html

<<//En 2004 pronuncié un discurso ante la Kneset —el Parlamento israelí— en el que hablé de la Declaración de Independencia del Estado de Israel. La califiqué de “fuente de inspiración para creer en los ideales que nos hicieron dejar de ser judíos y nos transformaron en israelíes”, y proseguí diciendo que “este documento extraordinario expresaba este compromiso: ‘El Estado de Israel se consagrará al desarrollo de este país en beneficio de todos sus pueblos; se fundamentará en los principios de libertad, justicia y paz, guiado por las visiones de los profetas de Israel; reconocerá la plena igualdad de derechos sociales y políticos a todos sus ciudadanos, con independencia de su religión, raza o sexo; garantizará la libertad religiosa, de conciencia, idioma, educación y cultura”.

Los padres fundadores del Estado de Israel que firmaron la Declaración veían en el principio de igualdad la piedra angular de la sociedad que estaban construyendo. También adquirieron el compromiso —tanto ellos como nosotros— de “procurar la paz y las buenas relaciones con todos los países y pueblos vecinos”.

Setenta años después, el Gobierno israelí acaba de aprobar una nueva ley que sustituye el principio de igualdad y valores universales por el nacionalismo y el racismo.

Me llena de profundo pesar tener que repetir exactamente las mismas preguntas que planteé hace 14 años cuando me dirigí a la Kneset: ¿Podemos pasar por alto la distancia intolerable que separa la Declaración de Independencia prometida de los hechos, la distancia entre la idea y la realidad de Israel?

¿Encaja la situación de ocupación y dominio sobre otro pueblo en la Declaración de Independencia? ¿Tiene sentido la propia independencia a costa de los derechos fundamentales del otro?

¿Puede el pueblo judío, cuya historia es una crónica de sufrimiento continuo y persecución implacable, consentir la indiferencia hacia los derechos y el padecimiento de un pueblo vecino?

¿Puede el Estado de Israel permitirse el sueño ingenuo de un final ideológico para el conflicto en vez de buscar una resolución pragmática y humanitaria basada en la justicia social?

Catorce años después, sigo creyendo que, a pesar de todas las dificultades objetivas y subjetivas, el futuro de Israel y su puesto en la familia de los países ilustrados dependerá de su capacidad para cumplir la promesa de los padres fundadores tal como la consagraron en la Declaración de Independencia.

Sin embargo, nada ha cambiado verdaderamente desde 2004. Por el contrario, ahora tenemos una ley que confirma la condición de la población árabe como ciudadanos de segunda clase. Por consiguiente, se trata de una forma muy evidente de apartheid. No creo que el pueblo judío haya vivido 20 siglos, la mayor parte de ellos sufriendo persecución y soportando crueldades sin fin, para ahora convertirse en el opresor que somete a los demás a sus crueldades. Precisamente esto es lo que hace la nueva ley. Por eso, hoy me avergüenzo de ser israelí//>>.

[Daniel Barenboim (Buenos Aires, 1942) es pianista y director de orquesta. Tiene nacionalidad argentina, española, israelí y palestina]. Traducción de News Clip.

Este artículo ha provocado una emoción no contenida por mi parte. He sufrido al comprender la situación de este hombre más allá de las palabras. Lo primero que conocí de Barenboin fue un CD con unos tangos al piano regalado en algún cumpleaños o Navidad por mi exsuegro.

Luego seguí su trayectoria como director de orquesta, la creación de la  West-Eastern Divan Orchestra junto al filósofo Edward Said y estuve al tanto, por la prensa, del propósito que siempre albergó de llevar la paz en oriente próximo. Ello hizo que también me acercara a Said llegando a leer algunos de sus artículos y algún que otro libro menor, pero que anda por ahí, en algún anaquel; y tuve en mis manos varias veces, en las librerías que visitaba, su obra Orientalismo sin llegar a adquirirla en ningún momento, gobernado por el pensamiento de un tiempo ya pasado para entender esas cuestiones y por una necesidad del acontecer reciente, que no era el caso para esta obra.

La emoción antes evocada está radicada en mi experiencia con España. España no me atrae, me hubiera gustado no ser español, no tener estas costumbres, ni estos horarios, ni estos ruidos… Entendí a la perfección a Trueba en aquel momento: “ni cinco minutos me he sentido español” (cita libre de la memoria). Vagaré con este sino, por supuesto.

Tzvetan Todorov

Murió en 2017, en París, adonde había llegado en 1963 procedente de su Bulgaria natal. Fue un pensador muy conocido y prolífico en occidente por sus acertados argumentos sobre el fin de la humanidad y sobre el devenir del hombre.

He leído hace unos meses Los enemigos íntimos de la democracia (2012), con traducción de Noemí Sobregués y editado por Galaxia Gutenberg.

Es un libro para los tiempos que corren: a) la democracia occidental está en peligro, b) el individualismo impera como único surco y c) la política copa las cimas del desprestigio.

Stefan Zweig

El turismo es nuestra principal industria he oído decir a políticos, a compañeros de trabajo, a “opinadores” de tertulia en la radio/tv y a “opinadores” de calle en las noticias de radio/tv.

Sin embargo, en 2017 se han producido de manera sonora diversas manifestaciones en contra de la llamada “industria turística” que ha favorecido a España por la  “inseguridad” de otros destinos (en esta afirmación no se atiende a la presión de los tour operators para desprestigiar algunos destinos –Magalluf por ejemplo–) ante el miedo de atentados terroristas (¡hoy día cualquier acción se considera “terrorista”! –opinadores dixit).

En esta ocasión no voy a hablar de este tema y sus implicaciones; ni siquiera del autor que encabeza esta entrada. De Stefan Zweig podría hablar largo y tendido, tanto de sus obras como de su planteamiento vital. He leído bastantes de él, empezando por La Impaciencia del corazón que yo leí como La piedad peligrosa en Debate; pero que Acantilado ha desechado. Y luego sus biografías, y especialmente para mi sus memorias El mundo de ayer: memorias de un europeo y Momentos estelares de la humanidad: catorce miniaturas históricas.

Hoy he descubierto un texto de Sefan Zweig escrito en 1926 titulado “Viajero o ‘ser viajado'”. Aparece en La eternidad de un día. Clásicos del periodismo literario alemán (1823-1934) editado por Acantilado en 2016 y con prólogo, selección, notas y traducción de Francisco Uzcanga Meinecke.

El texto es una pieza periodística que reflexiona sobre la masificación del turismo en la década de 1920. Habla Sweig de un turismo de masas que llega en autobuses y en grupos son llevados por un guía a lugares previamente marcados y eso cada cierto tiempo de manera que se repite la llegada de autobuses y la misma explicación y la misma entonación de cualidades arquitectónicas o artísticas. De esta manera “se instaura una nueva forma de viajar, el viaje en masa, el viaje por contrato, lo que yo llamo ‘ser viajado'” (p.174).

Piénsese en estas palabras cuando hacemos un viaje. Las personas que prefieren que los lleven de viaje solo llegan a conocer de manera superficial, perdiendo lo auténtico del lugar o de la obra visitada debido a que se dejan conducir por el guía y no por el auténtico guía del viajero: el azar (p. 174).

 

Andrzej Szczeklik

Compré el libro Core. Sobre enfermos, enfermedades y la búsqueda del alma de la medicina en agosto de 2012, acababa de ser publicado en julio por Acantilado. Es probable que lo encontrara en la mesa de novedades. Ese año es también en el que muere el autor; pero no queda claro de cuándo data el original.

La semana pasada, bajo el influjo de Zagajewski, que me tiene atolondrado con sus planteamientos, cogí este libro de la estantería del trabajo: estaba en posición horizontal, apilado con otros encima, delante de los libros en posición vertical que apretados entre los topes de la madera no resisten otro intruso.

Era la tercera vez que volvía a este libro único en tanto que combina la labor de un científico (médico) y la de un humanista (médico). Mi sorpresa fue que el prólogo       –algo que percibo solo en esta tercera ocasión– está escrito por Adam Zagajewski. En tres páginas despacha con elegancia, solvencia y claridad quién es Szczeklik y de qué va el libro. El prologuista define al autor como “científico excepcional: investigador empírico y humanista en una sola persona” (p.7).

Esta manera de definirlo es extraordinaria para quienes nos hemos formado en la vieja dicotomía de W. Dilthey (en la filosofía: ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu) para las dos ciencias y en la dicotomía de C. P. Snow (en la literatura: ciencias y humanidades) para las dos culturas.

Y en efecto, Szczeklik elabora un texto ameno e instructivo, traducido directamente del polaco por Víctor Benítez Canfranc y Maila Lema Quintana. Es el recuento de su vida como ser humano, como estudiante en Cracrovia de medicina, como médico más tarde, como afamado humanista al fin.

Señala cómo tropezó la primera vez con Ramón y Cajal en una librería de viejo y cómo nadie le había hablado de él; y la manera como este autor fue todo un descubrimiento para él (p. 52), adquiriendo una edición en francés de Mi vida (Recollections de ma vie) [en castellano Recuerdos de mi vida, autobiografía publicada primero en la Revista de Aragón entre 1901 y 1904].

No obstante, el motivo por el cual se trae este autor a estas páginas no es por las anécdotas que cuenta, ni por el valor humano de su magisterio ni por la evocación de valores perdidos en la sociedad actual que sólo las personas de ciencia pueden volver a instaurar.

El motivo está en el abordaje que hace de los trasplantes en medicina y de los avances técnicos para la cirugía y la mejora de la salud de las personas. Y ello unido al atentado terrorista en Las Ramblas de Barcelona (17/08/2017).

Cuenta nuestro autor el caso del dramaturgo polaco Sławomir Mrożek quien tras una ataque cerebral con afasia tardó tres años en recuperar el habla y la escritura. Y entonces, al volver a disfrutar de sus facultades, escribió Baltazar, su autobiografía. Y deja claro que, ahora, con este nombre, ya no se le puede alabar ni criticar por aquello que escribió antes de la afasia “dado que aquella persona ya no existe” [se informa a pie de página que Acantilado publicará esta obra próximamente; y en efecto está editada en 2014 y este es el comienzo: “Me llamo Sławomir Mrożek, pero a causa de las circunstancias que se produjeron en mi vida hace cuatro años mi nuevo apelativo será mucho más corto: Baltasar”].

Y a renglón seguido narra el caso de un trasplante de cara con los rasgos físicos de otra persona: el cuerpo de una y la cara de otra. También nos habla del Alzheimer y cómo se produce el deterioro cognitivo y del pasado;  y se muestra contundente señalando: “La encargada de discernir la identidad es la memoria” (p. 43). He aquí la clave de la relación con los atentados de Barcelona (y otros anteriores y venideros, claro). Dónde está la identidad: la definimos con un nombre y unos apellidos, la proporciona el grupo de socialización, la etnia… la memoria convendríamos, verdad?

Es probable que el aserto de Szczeklik, y la relación que establezco, pueda ser comprendido de manera más directa si se ha consumido ya, al menos, la mitad de la vida (ordinaria).

 

 

Heinz Bude

El siglo XXI, a partir del 11 de septiembre, se está configurando bajo un epíteto persistente e intensificado conforme avanza cronológicamente: el miedo. Heinz Bude ha publicado La sociedad del miedo (2014/2017), con traducción de Alberto Ciria para Herder.

Un pequeño manual sobre nuestros pesares, nuestros modos de hacer y el sentimiento de pérdida que nos acompaña, en los momentos presentes, enraizados en el pasado. Leyendo a Bude encontramos todas sus ideas conectadas con otros textos del siglo pasado, previos y posteriores a la II Guerra Mundial. En esto nos recuerdo el libro colectivo El gran retroceso donde encontramos nuestra época emparentada (a partir de Trump, sobre todo) con el periodo de entreguerras y como prolegómenos del nazismo.

Bude desgrana temas variados unidos por ese denominador común. Habla de la nostalgia de las relaciones perdurables entre humanos, del malestar social en el que nos hemos instalado, del juego constante de la ciudadanía a todo o nada, el pánico como voz perentoria… todo ello como presente en comparación con la época precedente. Me detengo en el capítulo dedicado a “El poder de las emociones”. Pareciera que todo se vive con más intensidad cabalgando sobre la ausencia de racionalidad y sin embargo, esta actitud deviene frustración por la necesidad de renovación constante y por lo efímero de todo lo emocional. En este sentido está emparentado a Theodore Dalrymple y su Sentimentalismo tóxico (en Alianza).

Nuestro mundo, lleno de datos, cuajado de informaciones variadas y acumulativas, sin embargo no nos dice nada del significado de esos datos, de esa información porque para comprender una situación social –se lee en la “Observación preliminar”– es necesario “hacer que las experiencias de los hombres lleguen a decirnos algo” (p. 11).

Encontramos así la transformación del carácter del ciudadano desde “el hombre de conciencia guiado desde dentro hasta el hombre de contactos guiado desde fuera” (p. 24). Aspecto que encajaría a la perfección con nuestro devenir donde la “conciencia” ha dejado paso al “sujeto” de las redes, que llaman sociales posiblemente para señalar la ausencia. Y lo llamativo es que este planteamiento pertenece a David Riesman y colbs. quienes en 1950 especificaron esta transformación para la sociedad norteamericana. Ya veían esta mutación entonces!